Pensar la pandemia del año gemelo

Por Lic. Federico Figueroa, GB.

A veces, hay que estar muy dispuesto a arrancarse el pellejo con las propias uñas y los dientes para cruzar la oscuridad y llegar a la luz. Pero no siempre es tan fácil, porque el camino está, casi siempre,  diseñados con nuestros propios aciertos y yerros, tan inevitables con el oxígeno que respiramos.  Aun así, seguimos. Aun así, después de tanto esfuerzo estamos dispuesto a volver la vista y contemplar cómo el dolor, en un abrumador silencio, en un sordo sin sentido de miles de tumbas vacías que ignoran los cuerpos que no están allí, o solo los cenizas, es todo después de la pandemia.

Después de tanto días de encierro, muchos han comenzado a perder la sensatez. El auto – confinamiento obligatorio ha minado, en gran medida, el sentido de responsabilidad pública de las acciones individuales. El uso de barbijo, tapaboca, o el distanciamiento social, formas necesarias para prevenir el contagio del Covid-19, ha comenzado a ceder al ritmo del hartazgo social que no ve otear la bandera verde de llegada.

Los controles institucionales, tan estricto los últimos meses, se han vuelto laxos. simplemente figurativos o “están… pero no controlan”. El pasado fin de semana, con motivo del festejo del día del padre en Argentina, los centros comerciales abrieron sus puertas.  Miles acudieron en busca de un regalo. Por momentos, el movimiento de gente fue tan grande que pareció que habíamos regresados al 19 de marzo del año gemelo, un día antes que el Estado determinara la cuarentena sanitaria.

El sábado 20 de junio, fecha que se recuerda al creador de la bandera nacional, no fue menos extraños a la nueva normalidad. Una fracción social, de un país de más de 44 millones de habitantes, donde un 45% vive en situación de pobreza, salió a gritar en cuerpo entero sus reclamos más subjetivos. El griterío bullicioso y discordante hizo imposible saber qué querían y en nombre de quienes “hablaban”(?). Las histéricas formas, de disparatados eslóganes, vacías de sentido ocuparon el centro de los noticieros devenidos en espectáculo farandulesco.

Los reunidos bajo el espanto antes que al amor – algo que solo mandinga podría explicar-, heterodoxia borgeana de un tiempo increíble, todos anti-gobierno popular, lo integraban productores primarios, dueños patricios de la renta nacional,  grupos de interés o de derechos difusos,  indignados comerciantes, libertarios, anarcos post modernos, antisistema, antisemitas, homofóbicos y a una gran rama de primates no evolucionados en homínido superior (sapiens sapiens) por causas desconocidas. Bocinaron a coro disonantes pero envueltos en la bandera nacional consignas como: “esto es un dictadura”, “defendemos la propiedad privada (el duna de tío Pedro, el departamento 2×2, etc.)”, “no a Venezuela”, “Alberto dictador”, “devolver la libertad” etc. etc. demasiada locura sin cuotas…. Sin embargo, había algo que los aglutinaba más allá del olor a azufre, a saber: reclamar el fin de la cuarentena. Consigna que asumieron como propias y transmitieron puntillosamente los medios de comunicación presentes: televisión, radios y las redes sociales que trasmitieron vía Streaming.

De alguna manera las imágenes de la protesta pretendieron cambiar la cruda realidad, negar que “el octavo pasajero” denominado covid-19, que recorre el mundo, es tan letal, impiadoso y terriblemente destructivo, de tiempo inédito, fuera de nuestro alcance memorial, que seguro dejara una marca persistente en el inconsciente de las nuevas generaciones y nuestras, después de rehacerlo todo.

Después de las dos grandes tragedias generadas por los propios hombres, en la segunda parte del silgo xx, la humanidad gozo de cierta paz, o si hubo conflictos nunca llegaron a poner en peligro el orden mundial. La ciencia que venía de demostrar el poder de la energía nuclear, como también sus falta de escrúpulos o limites morales en el uso de sus descubrimientos, pareció haber ganado la pelea contra el oscurantismo dogmático. Pero como los sueños de la razón engendran monstruos (Goya)… resultó que en un lugar de la China cuyo nombre todos conocen: Wuhan, un murciélago, y no precisamente Batman, fue agente transmisor del Covid-19 (SARCS CoV, la peste. Desde el vuelo del quiróptero al mercado de mariscos cientos de versiones han tratado de explicar el origen del “coronavirus”, desde las que dicen que es una simple mutación natural, algo así como una desquite de la naturaleza por destrucción sistemática de los ecosistemas, o una creación artificial del ser humano, que en un rapto ego maníaco, juega a ser Dios, manipulando genes y quien sabe qué cosas más en los laboratorios de Wuhan. Por supuesto que de esta teoría (conspirativa?) nadie tiene pruebas concluyente, y son solo parte de una batalla ideológica entre las superpotencias mundiales inconclusa.

Sin embargo hay algo que no deja de llamarme la atención, y me da vueltas con el vuelo del mamífero. Cómo es qué nadie sabe con precisión que hacen en los laboratorios que manipulan ADN. Acaso ¿Nadie controla? Como es que la sociedad democrática no tiene un registro y control de veto de sus acciones? Si es cierto que hubo un fuga del virus: por qué sucedió? No es acaso cierto que así como el manejo de energía nuclear está ligado a estrictos controles de seguridad, qué sucede en los laboratorios bioquímicos de cada país? Que pasa en nuestro país, por ejemplo. La sociedad no puede estar al margen. Debemos pensar como tener un control sobre el hacer de las ciencia biológica y nuclear.

Y hay algo más que quisiera reflexionar con usted. En esta cuarentena también vimos como ciertos derechos fueron violentados bajo formas inescrupulosas de las legislaturas. Esto es, mientras el grueso de la sociedad luchaba por sus vidas, los derechos fueron violentados y no por razones médicas o de supervivencia sino políticas. Lo que nos lleva a preguntarnos si no ha llegado el momento de plantearnos qué tipo de forma democrática es más adecuada de hacer leyes, para cuidar y reconocer derechos. Con la existencia de dispositivos encriptados no es descabellado pensar que si se trata de discutir la extensión o suspensión de un derechos son cada uno de los individuos de la sociedad los que deben y no representantes que hace tiempo no representar la pluralidad ni la variedad cultural y menos los interés del colectivo. Los legisladores no representan ni protegen la cuestión de derecho ya que me involucra como individuo. Un legislador no puede determinar mi derecho sin mi consentimiento.

En estos días, o son siglos, hemos observado que la cuarentena lo es todo, lo explica y justifica todo. Pero no es así. La cuestión central, al menos para nosotros, es pensar si cada individuo tiene derecho a que su reclamo sea visto por millones.

Lo que es lo mismo que tiene que ser recogido y difundido como un derecho esencial por los medios de comunicación, o, por el contrario, su no difusión implica una pérdida de un derecho básico, algo de lo que no estoy seguro. Como bien lo han dichos algunos teóricos, no hay derecho absoluto, en un estado de excepción algunos derechos seden necesariamente. Por otro lado, resulta controvertido, sabiendo el poder multiplicador que tienen los medios a la hora de difundir ideas, el brindar micrófonos y espacio a anticuarentenistas, anti-derechos, como si fueran la voz de la representación de la sociedad. Si es cierto que ello tiene ese derecho, entonces no ir en la búsqueda de la voz de la mayoría silenciosa vulnera el derecho de esa mayoría, ya porque no tiene los medios, ni la posibilidad de ser escuchado. En estos tiempos de grietas, o abismo sociales, hay una mayoría social que ha reconocido favorablemente las acciones y decisiones de gobierno en la lucha contra la peste, y no reconocer ese legítimo derecho atenta contra la salud pública.

En este tiempo de pandemia, La sensatez está del lado del Estado nacional. Y si bien la acciones de aquel fin de semana se explican por la locura, la insensatez, el gorilismo estructural o la hijaputez, mueve recurrentemente a pensar que nos está sucediendo como sociedad que no podemos ver lo que esta sucediendo en el mundo. O si acaso no es esta una expresión patológica de un enfermedad del alma, más profunda: el odio.